Con los ojos vendados, nos llevaron en un camión. No podíamos hablar. Si decíamos a, nos pegaban en la cara, un culatazo con el fusil. “Callate la boca, la concha de tu madre”.
No sabíamos donde íbamos, pero sabíamos, desde temprano, que esa noche rondaba la muerte.
Éramos doce, y algunos milicos. Dos más manejaban adelante. Pasamos Morón, Hurlingham, Campo de Mayo. Hasta que el camión frenó. Seco en un descampado. No se veía nada. “Bájense, la concha de su madre”.
Sin ver, nos bajamos. Caminamos, juntos.
“Deténganse”. “Por incumplir con los deberes a la Patria, por atentar contra las leyes universales del amor de Dios, por hacer que la desgracia crezca en las entrañas de nuestro país, afectando así la vida de nuestros padres, madres hermanos; ustedes, pedazos de hijos de una gran puta, en nombre de la Justicia Divina y del poder que nos confiere nuestra autoridad militar, quedan desterrados de la vida. ¿Dónde está su protector ahora?
Manga de cagones; no son tan guapos ahora.
Hoy, mañana y siempre: Viva la Patria Carajo”
Y ahí nomás, abrieron fuego. Nos cagaron a tiros.
No quedó ni uno, hasta que escuché, esa noche en el bar: “hay un fusilado que vive”.

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