ACTO ÚNICO
ESCENA ÚNICA
Café Adebayo de Buenos Aires. Otoño. Pasadas las dos de la tarde.
(Entra Esteban entre ofuscado y molesto al Café. Romina lo espera en una de las mesas más marginales.)
ESTEBAN.-¿Qué precisas Romina? Decime, ¿qué precisás?
ROMINA.-No sé Esteban, me parece que…
ESTEBAN.-Me parece ¿qué?, Romina. ¿Cuántas veces vamos a tener que pasar por esto? ¿Qué tengo? ¿Que bloquearte? ¿Te tengo que sacar del celular?
ROMINA.-No, perdón Esteban… Tenés razón.
(Junta sus cosas para irse)
ESTEBAN.-Pará Romina. Quedate.
(Romina se vuelve a sentar y llora)
ESTEBAN.-(a la camarera)¿No me traes dos cafés por favor? Gracias. Y un vaso de agua. Dale, gracias.
ESTEBAN.-(a Romina)Ya está, no pasa nada. No pasa nada. ¿Cómo está tu hermana?
ROMINA.-Bien, está bien. El otro día la acompañé. Tenía que ir a una cita con un chico, que para mi le gusta, pero no quería llegar sola, por las dudas, como para que parezca ocupada. Y bueno fui y la acompañé. Hasta la puerta del bar. Él ya estaba adentro. Mi hermana le dijo que estaba llegando conmigo, entonces el dejó las cosas adentro y salió a saludarme a mí también. Re divino. Y bueno la saludé a ella y me fui. Ellos entraron y yo seguí caminando un poco. Me impactó verla así, verla enamorada. Verla con esa fascinación en los ojos.
No te voy a mentir, también sentí un poco de envidia. De que estén pasando por eso. Pero no una envidia consciente. Más bien decir “yo también quiero eso, y voy a hacer lo posible en mi vida para conseguirlo". Y… perdoname Esteban que la haga larga.
ESTEBAN.-Bueno, ¿y qué pasa Romina?
ROMINA.-Vos fuiste siempre mi felicidad, Esteban. Mi sueño. Vos fuiste todo. Y tal vez me equivoqué yo en pensar que quería más, que la vida era otra cosa, que no sé. No, no sé. Estaba muy equivocada Esteban. Y vengo porque no quiero que sea así. No quiero que mi vida termine así. Y ya se que me estoy poniendo en ridículo, ya lo sé. Ya sé que me estoy poniendo en ridículo. Porque fui yo la que te dijo que no. La que te dejó ahí tirado con el corazón en las manos, a punto de estallar de amor. Y yo te dije que no.
(silencio)
ROMINA.- (continúa) Perdoname Esteban. Y ya está. Ahora que te lo digo en voz alta, también me doy cuenta que a lo mejor simplemente tenga que pasar. Y eso que fue y que era mi felicidad y que hasta hace unos segundos creía que era mi felicidad, tal vez ya no lo sea más y simplemente sea una lección, un aprendizaje. Y estaré feliz de que así lo sea. Porque tal vez no tiene caso forzar lo que no es y… Eso.
ESTEBAN.-¿Sabés Romina la cantidad de veces que vine con la ilusión de que me digas eso? Que me lo digas, ¿y no poder decirte si quiero o si no quiero? No te das una idea lo difícil que es para mí, elegir confiar o no. Creo que me merezco confiar. Soy un tipo bueno, respetuoso, trabajo por mis hijos, intento enseñarles siempre lo mejor. Y vos… No vos, esto que te pasa me hace mierda, Romina. Me hace mierda. Yo no sé si lo quiero Romina. Porque por más que vos vengas y me digas “quédate tranquilo, confía en mí”. Mi confianza, mi sistema de confianza está roto. Ya no confío ni en mi, Romina. Ya no sé que es verdad y qué es mentira en el momento que me estoy yendo a dormir. Cuando me quedo con un cuaderno, con la luz del velador prendida a la noche, escribiendo, intenando descifrar qué es todo esto que me pasa, que me atraviesa. Esto que no me permite continuar adelante. Todo eso me pasa, Romina. Despertarme… Todo eso. Todo eso que ya sabés.
(Entra un hombre vestido de traje gris. Se sienta en otra mesa y deja su briefcase en el suelo. Abre el periódico que se encontraba sobre la mesa aledaña.)
HOMBRE DE TRAJE GRIS.-(leyendo el diario) Qué hijos de puta estos palestinos…
(se apagan las luces)
Comentarios
Publicar un comentario