El joven entró por primera vez a aquella Iglesia. No se persignó. Estaba solo. O al menos, eso creía. Uno nunca está solo en una Iglesia. Pero sí conocía todo tipo de ellas. Pequeñas capillas de montaña, catedrales históricas de magnificencia arquitectónica y templos más modernos como esos de estilo norteamericano que tienen en su patio trasero una cancha de básquet.
Todo estaba tan quieto que un oído bien predispuesto hubiese podido escuchar las últimas plegarias de los feligreses, que aún quedaban en el aire.
Una edición de los Evangelios yacía sobre una mesada de mármol en el flanco derecho del templo. Justo debajo de la estación X del Vía Crucis , muy cerquita del confesionario. El libro estaba todo destartalado. No tenía tapa y era imposible, a simple vista, reconocer qué páginas aún quedaban y cuáles no.
Alguna vez, el joven había escuchado que existen muchas maneras de leer la Biblia. Recordaba dos en particular. La primera, la clásica forma de leer cualquier novela, empezando por el inicio y terminando por el final. La segunda, más mística (le gustaba la idea del destino), consistía en agarrar una página al azar y comenzar a leer desde el primer versículo a la vista. Dadas las circunstancias del momento (entendiéndose, una breve e inesperada visita a la Iglesia) y su propensa actitud hacia lo mágico, optó por la segunda opción. Evangelio según San Juan, capítulo 6. El primer versículo que alcanzó a leer rezaba lo siguiente:
“Jesús les dijo: << Yo soy el Pan de Vida. El que viene a mí nunca tendrá hambre, el que cree en mí nunca tendrá sed. Sin embargo, como ya lo he dicho, ustedes se niegan a creer aún después de haber visto.” (Juan, 6:35).
Reflexionó durante unos segundos. Y nada. Aún no lograba entender la metáfora de Cristo. No sólo esa del versículo de Juan, no lograba entender ninguna. No podía llegar a Cristo.
Era invierno, afuera llovía, pero tenía calor, su rostro levantaba rubor y temperatura. Sacóse la campera y la apoyó sobre su mochila. Ahora en polera blanca, apoyó las manos sobre la mesada de mármol también blanca y levantó su cabeza hacia la representación de la décima estación del Vía Crucis.
A punto estaba de retomar su línea de pensamiento cuando quedó frío, helado, atónito. La sorpresa y el terror se apoderaron de sus ojos. La mancha roja carmesí comenzó a expandirse desde su abdomen por toda la polera blanca. Antes de entregarse a la muerte, reconoció automáticamente su causa, y se dijo a sí mismo como quien aprendió y entendió todo: “la señal de la cruz”.
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