Era mi esfuerzo el que estaba llegando a su límite.
Mis piernas temblaban. El arco de mis pies, vencido desde hace años, tenso y estirado, pedía por favor una tregua. Una bandera blanca.
Pero los bisontes seguían golpeando. Seguían chocando contra mi cuerpo.
No estaba en mis planes detenerme. No era mi destino morir contra un roca. O al menos, no todavía.
Por cada espacio libre, galopaba con la fuerza del rayo. Siempre había respiración para un poco más.
Avanzar entre bestias. Jugar a la mancha con San La Muerte.
Con movimientos justos y precisos. Ni más ni menos.
Con mis destruidos ropajes al son del viento.
Gotas. Gotas en mi frente, en mi torso, en toda mi piel.
Cada espacio, una oportunidad, me repetía.
El cansancio, cansado de no ser escuchado, se transformó. Cambió su piel como una serpiente. Y de un verde militar rugoso mutó a un rojo vivo, candente. Rápidamente se presentó ante mí: el ardor.
Ardor como tantas veces.
Como en los momentos donde los ojos se enjuagan, y explotar parece la puerta prohibida.
Como cuando detona la bomba, y el fuego roza mis cueros antes de volverlos ceniza.
Como cuando el fénix renace, y el calor se concibe como la cuna de la vida.
Lejos estaba de la salida. No lo lograría.
Pero acá pierde quien no lo intenta
y si algo aprendí a los ponchazos es que sólo el máximo de los esfuerzos obtiene la genuina recompensa, el vellocino de oro.
Mis límites estaban cerca. Pero ya lo sabía. Y, repito, rendirse no era una opción, sabrán entender.
Empecé a sentir el corte de mi cuerpo. El desarmado de la creación de Dios, la bella escultura de carne y hueso.
Y ahí nomás, la música se detuvo. Los bisontes, las bailarinas a mi alrededor, cayeron automáticamente sobre el escenario.
Yo, en el centro. De pie. Iluminada. Solemne.
Frente a mí, euforia y aplausos. Los segundos pasaban. Más euforia y más aplausos. Una sala llena.
Papá, en primera fila, con lágrimas en sus ojos.
Un último movimiento: reverencia regia.

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