Las alas del cisne

 Abrió, finalmente, sus alas

Un cisne que no sabía volar

Temeroso, al principio

Nublado por el ayer

Herido de recuerdos salpicados con sangre negra

Incrustados en su corazón como una filosa daga


Allí estaba

Indeciso

A orillas del lago

Aquel lago que tantas veces había dado bienvenida a sus lágrimas, 

brindándoles cobijo como brazos de madre salvadora

En ese lago

celeste, espejado

pudo observar, una vez más, su reflejo 

su cuerpo blanco, dignísimo de santidad

las curvas de su pecho, imponentes de firmeza

la suavidad de su plumaje


Y se detuvo en ellas. 

Sus alas. 

Frágiles, hasta entonces

Encadenadas, por siglos, al peso del castigo

Condenadas a una fría prisión de podredumbre y soledad


Extendió sus brazos para contemplarlos

Más largos

Más fuertes

Más todo que aquella última vez. 

Sintió sus latidos. Y comprendió su poder. Su majestuosidad. 

La pulsión de su corazón, en aumento. 

Algo renacía en su interior. 

En todo el bosque, resonaban esos latidos

como eco necesario de una armonía de ensueño


Una chispa de orgullo recorrió sus ojos

Más de cariño que de arrogancia

Más de inmensidad que de furia

Más de vida que de muerte


abrió, finalmente, sus alas

Acariciando el aire

El despegue, perfecto

El vuelo, providencial 

Así, como la ascensión de Cristo al reino de los bienaventurados

Feliz el regocijo de madre tierra, purísima naturaleza,

de haber recuperado la insignia que le faltaba

el detalle

imperceptible para el ojo humano

un acto de oro que vuelve eterno el ciclo de la belleza

un perfume capaz de encantar a la más hermosa de las princesas 


No olvidar que

Una sonrisa

Una simple mirada

Cotidiana

Simple

Poseen el poder de iluminar hasta los días más oscuros

Y son pequeños gestos

Pequeñas cosas

Aquellas pequeñas cosas que logran sanar mi alma





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